Mi chico amigo me gusta, pero que no me gusta tenerlo de vuelta

The night blesses the earth

2017.04.06 22:52 yuensteiger The night blesses the earth

El granjero vio como su mujer ponía la panera en el centro de la mesa, él le sonrió agradecidamente pero ella le advirtió que no eran para él. - Son para los muchachos, ya sabes – dijo la mujer señalando a sus hijos que estaban entrando por la puerta del comedor, acercándose a la mesa.
Con una sonrisa gigante el granjero recibió a sus hijos, partiendo el pan, cantando “vengan, acérquense que hay pan para todo el mundo” suficientemente fuerte para que su mujer lo escuche desde la cocina. A pesar de esta puesta en escena él solo comería una porción del pan, que lo partió en trozos para que le durara todo el almuerzo.
El resto del almuerzo continuó sin mayor sobresalto, y no se volvieron a tocar temas como el sindicato o grabar un disco y mucho menos el alcalde. Hasta que se vio interrumpido por un golpeteo en la puerta de madera, que fue aumentando su intensidad, pero siempre manteniendo el ritmo. La cara de toda la familia se ilumino y una sonrisa se pintó en cada uno de sus miembros. Rápido, el más joven de la mesa, se levantó y fue a abrir a la puerta. Desde la mesa se escuchó un grito, una risa y un abrazo tan fuerte que retumbo por toda la casa.
Uno de los miembros de la banda había llegado, el tío de los muchachos. Después de fundirse en un abrazo con su sobrino pasó a los gritos y carcajadas, dándole su guitarra al muchacho para que la cargara, sabía que él tenía cierta curiosidad por la música y le gustaba estar cerca de los instrumentos desde niño. El Músico era de tez blanca como su hermana y con los mismo ojos azules profundos, ojos que lo vieron todo, pero con una nariz aguileña y una mandíbula bien definida que lo diferenciaba de ella, que con rasgos delicados y sutiles enamoró completamente al granjero de su marido. Que al poco tiempo de conocerla estaba completamente decidido a casarse con ella y hacerla la mujer mas feliz del planeta, y que nada le faltaría. Él nunca estuvo seguro si a ella le faltó algo en todos estos años de matrimonio, pero sabía que ella era feliz con él y que lo cuidaba con todo su ser.
Su cuñado también lo sabía, tanto que lo eligió para fundar la banda que tocaba en las pequeñas reuniones que hacían para festejar las cosechas, y poco a poco se fueron convirtiendo en hermanos y socios a medida que las reuniones se convirtieron en el pequeño festival que montaban en la granja cada año.
La noche que llegó su hermano músico, la madre de la casa ordeno a sus verdaderos hijos, poner sus maletas en la habitación que habían preparado para él. Ella sabía que por esta semana seria la madre de cuatro niños que debía tener a raya y que los horarios normales de la casa se alterarían, “es una vez al año, ma, vamos a divertirnos” solía decirle su hermano haciéndola girar como trompo en el medio del salón mientras bailaban.
Todos los ojos de la mesa se dirigieron a la una mujer que había en la casa, rogando por aprobación. Ella los ignoró y siguió hablando de otra cosa mientras comía, hasta el final de la cena no les dio la respuesta, que ella ya había decidido en cuanto se lo preguntaron. Era un pequeño juego que tenía para ver que tantas ganas tenían ellos de lo que le pedían. Con esta técnica pudo desactivar muchas bombas y pedidos incoherentes, que sus hijos preguntaban sin pensarlo bien.
La noche estaba estrellada y la luna iluminaba toda la granja. El mayor de los hermanos llegó con una botella de whiskey, enviado por su madre. El Granjero se dio vuelta para espiar por la puerta entreabierta y vio como su mujer le guiñaba el ojo, el sonrió y sintió el corazón lleno. Cuando llegaron los instrumentos, el Músico se sorprendió al ver también un violín y más aún se sorprendió cuando el mayor de sus sobrinos lo tomó y empezó a afinarlo. Él miró a su tío y le levanto las cejas, tenía los ojos idénticos a los suyos, los tradicionales ojos de su familia, en cambio, el más joven de la familia, era la copia exacta de su padre, incluso la barba que estaba emergiendo de su rostro, y el recortaba prolijamente para envejecer sus facciones, tenía esa tonalidad rojiza del otro lado de la familia.
El muchacho tenía un perfecto control del violín, incluso sabia jugar con el saliendo del libreto, cosa que le encantaba a su tío, que cambiaba la opinión sobre su sobrino canción tras canción. Y así la noche y el ensayo fueron fluyendo de una manera muy natural y mágica, hasta la última canción, donde los adultos dejaron los instrumentos y se dedicaron a tomar el whiskey mirando como los jóvenes se divertían y ellos solo acompañaban con los coros. Al finalizar el ensayo, el tío le paso a su sobrino menor la botella de whiskey mientras el Granjero prendía un cigarro.
El más joven de los hermanos, probó un trago y lo escupió, para risa de todos. El mayor tomó la botella se sirvió en un vaso solemnemente, y de a poco fue tragando la bebida que le quemaba la garganta, ya la conocía, de escapadas con sus amigos del sindicato. La botella volvió a su papá, mientras su tío tomo el cigarro, los cuatro se quedaron contemplando la noche y como la luna con su luz bañaba al granero y al campo en toda su extensión.
El Granjero todo el tiempo se mantuvo al margen, hamacando su silla, mirando a las estrellas, fumando su cigarro y escuchando como sus hijos mostraban sus personalidades a su tío. Los dos claramente tenían la sangre caliente, pero tenían distintos fines, miraban las cosas de distintas maneras. Ambos sentían injusticia hacia el trato que tenía esta zona del país, injusticia que se había esparcido por muchos años y quizás se siga esparciendo, una vez que él ya no esté con su tractor paseando por los campos. Estos campos, pensó, que habían visto la historia ir y venir, habían desfilado coroneles y sus guerras, y revolucionarios prometiendo tiempos mejores, todos murieron antes de ver cumplidos sus sueños o verlos destruidos por el siguiente. Sintió la brisa de otoño llevándose el humo del cigarro, sabía que esa brisa venia de otros lados y otros tiempos que vieron crecer el trigo y el maíz del campo, que vieron inundaciones y sequias. Él sintió toda la pobreza de la gente, recordó su infancia, las historias que le contaban sobre la guerra, una guerra de hermanos, una guerra de vecinos, que dejó desequilibrada la balanza. Mirando a los ojos de su hijo más pequeño, que terminaba de contar por lo que quería pelear, y marcándolo para siempre, siguió con la broma que había plantado su cuñado, pero con una profunda sinceridad, dijo:
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2017.04.06 22:34 yuensteiger La noche bendice la tierra

El granjero vio como su mujer ponía la panera en el centro de la mesa, él le sonrió agradecidamente pero ella le advirtió que no eran para él. - Son para los muchachos, ya sabes – dijo la mujer señalando a sus hijos que estaban entrando por la puerta del comedor, acercándose a la mesa.
Con una sonrisa gigante el granjero recibió a sus hijos, partiendo el pan, cantando “vengan, acérquense que hay pan para todo el mundo” suficientemente fuerte para que su mujer lo escuche desde la cocina. A pesar de esta puesta en escena él solo comería una porción del pan, que lo partió en trozos para que le durara todo el almuerzo.
El resto del almuerzo continuó sin mayor sobresalto, y no se volvieron a tocar temas como el sindicato o grabar un disco y mucho menos el alcalde. Hasta que se vio interrumpido por un golpeteo en la puerta de madera, que fue aumentando su intensidad, pero siempre manteniendo el ritmo. La cara de toda la familia se ilumino y una sonrisa se pintó en cada uno de sus miembros. Rápido, el más joven de la mesa, se levantó y fue a abrir a la puerta. Desde la mesa se escuchó un grito, una risa y un abrazo tan fuerte que retumbo por toda la casa.
Uno de los miembros de la banda había llegado, el tío de los muchachos. Después de fundirse en un abrazo con su sobrino pasó a los gritos y carcajadas, dándole su guitarra al muchacho para que la cargara, sabía que él tenía cierta curiosidad por la música y le gustaba estar cerca de los instrumentos desde niño. El Músico era de tez blanca como su hermana y con los mismo ojos azules profundos, ojos que lo vieron todo, pero con una nariz aguileña y una mandíbula bien definida que lo diferenciaba de ella, que con rasgos delicados y sutiles enamoró completamente al granjero de su marido. Que al poco tiempo de conocerla estaba completamente decidido a casarse con ella y hacerla la mujer mas feliz del planeta, y que nada le faltaría. Él nunca estuvo seguro si a ella le faltó algo en todos estos años de matrimonio, pero sabía que ella era feliz con él y que lo cuidaba con todo su ser.
Su cuñado también lo sabía, tanto que lo eligió para fundar la banda que tocaba en las pequeñas reuniones que hacían para festejar las cosechas, y poco a poco se fueron convirtiendo en hermanos y socios a medida que las reuniones se convirtieron en el pequeño festival que montaban en la granja cada año.
La noche que llegó su hermano músico, la madre de la casa ordeno a sus verdaderos hijos, poner sus maletas en la habitación que habían preparado para él. Ella sabía que por esta semana seria la madre de cuatro niños que debía tener a raya y que los horarios normales de la casa se alterarían, “es una vez al año, ma, vamos a divertirnos” solía decirle su hermano haciéndola girar como trompo en el medio del salón mientras bailaban.
Todos los ojos de la mesa se dirigieron a la una mujer que había en la casa, rogando por aprobación. Ella los ignoró y siguió hablando de otra cosa mientras comía, hasta el final de la cena no les dio la respuesta, que ella ya había decidido en cuanto se lo preguntaron. Era un pequeño juego que tenía para ver que tantas ganas tenían ellos de lo que le pedían. Con esta técnica pudo desactivar muchas bombas y pedidos incoherentes, que sus hijos preguntaban sin pensarlo bien.
La noche estaba estrellada y la luna iluminaba toda la granja. El mayor de los hermanos llegó con una botella de whiskey, enviado por su madre. El Granjero se dio vuelta para espiar por la puerta entreabierta y vio como su mujer le guiñaba el ojo, el sonrió y sintió el corazón lleno. Cuando llegaron los instrumentos, el Músico se sorprendió al ver también un violín y más aún se sorprendió cuando el mayor de sus sobrinos lo tomó y empezó a afinarlo. Él miró a su tío y le levanto las cejas, tenía los ojos idénticos a los suyos, los tradicionales ojos de su familia, en cambio, el más joven de la familia, era la copia exacta de su padre, incluso la barba que estaba emergiendo de su rostro, y el recortaba prolijamente para envejecer sus facciones, tenía esa tonalidad rojiza del otro lado de la familia.
El muchacho tenía un perfecto control del violín, incluso sabia jugar con el saliendo del libreto, cosa que le encantaba a su tío, que cambiaba la opinión sobre su sobrino canción tras canción. Y así la noche y el ensayo fueron fluyendo de una manera muy natural y mágica, hasta la última canción, donde los adultos dejaron los instrumentos y se dedicaron a tomar el whiskey mirando como los jóvenes se divertían y ellos solo acompañaban con los coros. Al finalizar el ensayo, el tío le paso a su sobrino menor la botella de whiskey mientras el Granjero prendía un cigarro.
El más joven de los hermanos, probó un trago y lo escupió, para risa de todos. El mayor tomó la botella se sirvió en un vaso solemnemente, y de a poco fue tragando la bebida que le quemaba la garganta, ya la conocía, de escapadas con sus amigos del sindicato. La botella volvió a su papá, mientras su tío tomo el cigarro, los cuatro se quedaron contemplando la noche y como la luna con su luz bañaba al granero y al campo en toda su extensión.
El Granjero todo el tiempo se mantuvo al margen, hamacando su silla, mirando a las estrellas, fumando su cigarro y escuchando como sus hijos mostraban sus personalidades a su tío. Los dos claramente tenían la sangre caliente, pero tenían distintos fines, miraban las cosas de distintas maneras. Ambos sentían injusticia hacia el trato que tenía esta zona del país, injusticia que se había esparcido por muchos años y quizás se siga esparciendo, una vez que él ya no esté con su tractor paseando por los campos. Estos campos, pensó, que habían visto la historia ir y venir, habían desfilado coroneles y sus guerras, y revolucionarios prometiendo tiempos mejores, todos murieron antes de ver cumplidos sus sueños o verlos destruidos por el siguiente. Sintió la brisa de otoño llevándose el humo del cigarro, sabía que esa brisa venia de otros lados y otros tiempos que vieron crecer el trigo y el maíz del campo, que vieron inundaciones y sequias. Él sintió toda la pobreza de la gente, recordó su infancia, las historias que le contaban sobre la guerra, una guerra de hermanos, una guerra de vecinos, que dejó desequilibrada la balanza. Mirando a los ojos de su hijo más pequeño, que terminaba de contar por lo que quería pelear, y marcándolo para siempre, siguió con la broma que había plantado su cuñado, pero con una profunda sinceridad, dijo:
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